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LA FIESTA
DE LOS TOROS

Ritos de un juego con la muerte.

Fabián Cuesta Ramírez

(Lunes, 23 de diciembre de 2002)

La fiesta de toros es un permanente juego con la muerte; y es a su vez la conjugación mística de una serie de ritos que dan inicio mucho antes del espectáculo mismo, consumación del sacrificio. En ella, el torero se convierte en el "sacerdote" oficiante de la celebración.

Interpretaciones aparte, lo que está claro es que la fiesta brava está estrechamente ligada a lo religioso. El ritual se inicia en la soledad del torero que se recoge en su intimidad para orar y ponerse en manos del Todopoderoso para que lo libre de todo mal, para que le permita el triunfo de esa tarde. Para ello, despliega sobre su mesa de noche, velador o repisa del cuarto de hotel, toda su creencia religiosa, en forma de estampas, reliquias y talismanes; imágenes de santos y vírgenes reciben sus plegarias y confortan su cuerpo y espíritu.

VESTIRSE DE TORERO

Sobre una silla, como manda la tradición y el ritual, se habrá dispuesto el traje de luces: la taleguilla, doblada cuidadosamente en el asiento de la silla. Sobre esta, la montera - ¡nunca sobre una cama, porque es malfario! - el chaleco y la chaquetilla, en el espaldar de la silla, dejan ver sus bellos bordados en seda y lentejuelas doradas; el capote de paseo espera pacientemente el momento de envolverle al torero, a la hora del paseíllo.

Un par de horas antes de la corrida, y apenas sin haber comido, el diestro comienza el rito cotidiano de vestirse de torero. Empieza su pasión en secreto, a puerta cerrada y con la compañía de sus más íntimos. El silencio se impone, como signo de reverencia y respeto a un acto sublime. Si acaso, romperá el silencio un pasodoble añejo con sabor torero, que sale de la reseca boca del maestro.

Para el torero, vestirse de luces es un honor y un orgullo. Se cubre la piel del hombre para que la armadura del héroe y del mito reluzcan y resplandezcan momentos más tarde en el ruedo. Cada tarde, el ritual de vestirse de luces evoca a la mortaja, último atuendo del ser mortal que deja lo terreno para trascender a lo eterno.

EL PASEILLO

Minutos antes de que se abra el portón de doble hoja del patio de cuadrillas, los toreros pasan quizá sus momentos más angustiosos. La ansiedad y los nervios se dibujan en sus gestos duros y lívidos, en su risa casi fingida y poco sentida. Entonces, es preferible refugiarse en la pequeña capilla de la plaza para ponerse en presencia de Dios.

Tocan los clarines y timbales anunciando el inicio del festejo. Liados el capote de paseo, los toreros aprietan fuerte el cuerpo, las manos, los glúteos y miran al cielo, a los tendidos, se desean suerte y... que sea lo que Dios quiera!!

El paseíllo es uno de los momentos más sublimes y ceremoniosos del espectáculo. La elegancia y altivez de los matadores que dirigen las cuadrillas, el colorido y belleza de los trajes, el runruneo de la plaza y los acordes dramáticos del pasodoble, acompañan el inicio de la corrida.

EL TORO: OFRENDA NECESARIA

La ofrenda, elemento indispensable del ritual es, por supuesto, el toro bravo. Animal fiero y hermoso donde los haya, nace, vive y muere para esta celebración.

Un lujo de ofrenda, que vende muy cara su muerte en el ruedo. Muerte digna, alejada de procesadoras de alimento o industrias de balanceados, que transforman otros animales en subproductos de consumo de la sociedad. El toro vive, aún luego de muerto. El toro es la fuerza creadora. Tanto, que el miedo y la angustia del torero, llevan su nombre. "Bruto glorioso, divino salvaje, el toro es indomable." dice de el Gougand. El toro se enfrentará al héroe. Recibirá la admiración y aclamación por su belleza sin igual, por su bravura y su soberbia.

LA SANGRE IMPRIME VIDA

En el sacrificio, la sangre es el medio purificador. No hay sacrificio o espectáculo en el que la sangre esté tan presente como en la fiesta brava: suerte de varas, banderillas, la suerte suprema y hasta una eventual cogida. Toro y torero provienen de la sangre, y expandirla o derramarla es sinónimo de regeneración. Conjunción mística con los elementos naturales: la tierra, el fuego, el sol.

TORO Y TORERO: UNA RELACION INDISOLUBLE

Juntos, toro y torero, protagonizarán la obra artística más completa y hermosa que pueda existir. La faena en sus diferentes fases es un compendio de toda expresión de arte. Ha sido llevada a la escultura, la pintura, la música, la literatura y la danza, a cargo de sus más altos e insignes exponentes.

LA PUREZA DE LAS FORMAS

El rito continúa en cada capotazo, derechazo o natural pues deben ejecutarse dentro de unos cánones de pureza y verdad para alcanzar lo sublime y eterno. Mientras más cerca pase el toro del cuerpo del torero, habrá más verdad, mientras más lento sea el toreo, será más pura su obra. Mientras más redondo el toreo, más cercano y comparable al cosmos.

LA MUERTE: SÍMBOLO DE ENTREGA

La muerte pone sello indeleble a una apasionada entrega entre toro y torero. Las más de las veces, el torero se alza triunfador, una vez culminada la suerte suprema. Recoge las ovaciones del público que valorará su obra. Sonreirá por fin, con los trofeos en mano, si la fortuna ha estado de su lado.

Sin embargo, desde el inicio de esta tradición, la historia taurina está tapizada de nombres de toreros, muertos también por asta de toro. Entonces, es cuando la dimensión de héroe y de mito del torero se cumple a cabalidad. Porque el torero es conciente del terreno que pisa, de la muerte que le espera. Sabe, casi con absoluta certeza, quién será su verdugo, y se entrega apasionadamente al sacrificio, juega con el y entrega su cuerpo frágil a la fuerza descomunal de su enemigo.

La fiesta de los toros vive porque cada tarde renace, con la consumación de todos y cada uno de sus ritos y símbolos. Porque su magia, colorido y dramatismo no la dejan pasar desapercibida. No hay términos medios en ella, o se la ama y se la vive con pasión, o se la rechaza y odia.

"Hablemos de Toros" entrevista a Fabián Cuesta

Las Crónicas de Fabián Cuesta Ramírez

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